Dos genios en el Palacio

Dos genios en el Palacio

Dos genios en el Palacio

Beethoven y Mozart presidieron el regreso de la Sinfónica a su auditorio, acompañada por Javier Perianes y dirigida por la alemana Anja Bihlmeier

Como en un flash ilusionante, la OSG volvió al Palacio de la Ópera. La directora alemana Anja Bihlmeier (1978) tenía en los atriles el Concierto para piano número cuatro, de Ludwig van Beethoven (1770 -1827) y la Sinfonía 41 Júpiter, de Wolfgang A. Mozart (1756-1791). Dos genios de la primera escuela de Viena, en el momento en que Mozart con esta sinfonía abre un puente hacia el Romanticismo, que Beethoven recoge a partir de su tercera. Tales obras se producen cuando cada uno se acerca a los 35 años. Mozart no cumpliría más, en tanto a Ludwig le quedaban 20 para coronar un opus inconmensurable. Después de la 41, Wolfi aun compondría tres óperas y el Réquiem. ¿Qué no haría si viviese dos décadas más? El solista fue Javier Perianes (1978).

Su condición de virtuoso y la creación de exigentes obras pianísticas, le servían a Beethoven para epatar. Cuando compone el cuarto de sus conciertos, iba ya por las sonatas 22 y 23, que él mismo ejecutaba. Lo estrenó ante el público en 1808 en maratoniana velada con obras suyas. Última vez que actuó como solista. La sordera empezaba a hacer estragos. Fue calificado como «perfecto». Lo que precisa ejecución ponderada, reciprocidad en los diálogos solista-orquesta, cuadratura y flexibilidad para los variados acentos y cantabilidad. Perianes, mostró su acendrada musicalidad, digitación pulcra y firme en el virtuosismo y siempre hermoso sonido, perfectamente secundado por la atenta batuta de Bihlmeier. Gran ovación.
La Sinfonía número 41 de Mozart supone un cambio en hondura y emotividad bien presente en el cercano Don Giovanni. Fue J. P. Salomon quien la llamó Júpiter, al percibir en ella solemnidad y nobleza. La estructura es cabal y llena de hermosas ideas. La directora hizo una lectura decidida, guiada con gesto claro y constante, cuidando la transparencia, el canto y las indicaciones de dinámica, pianos, crescendos y fortes, el relieve. A la calidad sonora contribuyó la orquesta con entrega y cualidades solísticas, por secciones y en el tutti. Y, velis nolis, la sonoridad del Palacio. Cálidos y reiterados aplausos. También entre profesores y público. Aforado pero entusiasta.