La musicología y los estudios del sonido

La musicología y los estudios del sonido

La musicología y los estudios del sonido

La construcción del muro de Berlín, en 1961, no implicó solamente una drástica separación entre Alemania Oriental y Alemania Occidental —y por extensión de los bloques comunista y capitalista— al calor de la Guerra Fría. Además de una creciente divergencia en asuntos de sociabilidad, servicios públicos, tecnología o entretenimiento, cada lugar empezó a tener su propio paisaje sonoro. Por casi tres décadas, hasta la caída del muro, los habitantes de un lado vivieron sus vidas acompañados por sonidos que eran inaudibles —y por tanto inimaginables— al otro lado. Las diferencias en las marcas de artefactos disponibles, desde automóviles y trenes hasta teléfonos y aspiradoras, así como los controles en materia de contenidos musicales y las discrepancias que las directrices de cada gobierno imponían para el trasegar cotidiano, hacían que cada ciudad ‘sonase’ de un modo radicalmente distinto a pesar de su proximidad. Eso sí, en la zona más inmediata al muro, en uno y otro lado, reinaba el silencio.

Desde los albores de la historia, el sonido ha sido un referente crucial en la vida de las sociedades, a veces simplemente para organizar las faenas diarias, pero a menudo para distinguir un universo cultural de otro, y con ello, establecer quiénes somos ‘nosotros’ y quiénes son los ‘otros’. Además de estudios como el de Nicole Dietrich sobre la ‘cartografía audible’ de Berlín, de ello han dado cuenta trabajos enfocados, por ejemplo, en el impetuoso sonido industrial del norte de los Estados Unidos a finales del siglo XIX —en contraste con el mundo aparentemente más silente de las plantaciones esclavistas al sur del país por la misma época; o en la forma en que los estadios de fútbol no convocan solo enfrentamientos deportivos, sino que las hinchadas también se disputan el espacio sonoro desde las tribunas; o incluso, en las incontables implicaciones de ser inmigrante y hablar con acento extranjero en países donde la xenofobia es el pan de cada día.

Hubo un tiempo en la musicología donde preguntas al estilo de ‘¿Cómo sonaba?’ remitían solamente a lo que podía encontrarse en las partituras. Pero ahora, con el auge de los sound studies (o estudios del sonido) no solo se ha incursionado en la indagación sobre prácticas acústicas de diversa índole, sino que también, en cierta medida, la música misma ha perdido su lugar central como el fenómeno sonoro por antonomasia que vale la pena estudiar. A lo mejor se trata también de un eco de los esfuerzos recientes por descentralizar la música clásica dentro del concierto de músicas que se pueden estudiar, o quizás puede ser también un reflejo de lo que en el último siglo ha venido pasando en el mundo de la composición, donde —para muchos— el interés primordial ahora está en el sonido como tal (o los distintos timbres que se pueden crear) y no tanto en la ‘música’ (o en el apego a los preceptos de teoría musical de otros tiempos).     

Sound studies es un área que ha crecido significativamente en las dos últimas décadas y en la que han convergido personajes procedentes de casi todas las orillas académicas, aunque, a decir verdad, es un punto de encuentro interdisciplinar que venía cocinándose desde hace varios siglos. Para Jonathan Sterne, los estudiosos del sonido —o ‘sound students’— se caracterizan por ‘pensar sónicamente’, es decir, por pensar en la relación del sonido con la cultura y por pensar ‘a través’ de los sonidos. Los frutos académicos han sido muy variados, desde estudios sobre la historia de los paisajes sonoros de distintos lugares en distintas épocas e investigaciones sobre la experiencia de ‘escucha’ de los seres humanos en contextos culturales específicos, hasta exploraciones sobre la naturaleza y materialidad de los sonidos mismos. Además, hay quienes se han enfocado en la captura, producción y consumo del sonido, en especial para el caso de las tecnologías de reproducción sonora, y con ellas, de las industrias del disco, la radio, el cine y la televisión a lo largo de las eras acústica, eléctrica y digital.

Al comienzo, algunos investigadores denunciaron que en los últimos siglos había habido un dominio de lo visual sobre lo auditivo en la vida cotidiana de las personas. Sin embargo, parece que tal señorío de un sentido sobre los otros es más bien un espejismo histórico, fruto de las fuentes con las que usualmente se ha escrito la historia, pero, sobre todo, a causa del etnocentrismo (o eurocentrismo) de quienes escribían la historia. No solo hay cada vez más estudios que ponen de manifiesto la relevancia de la escucha (y de los otros sentidos) en muchos escenarios históricos y culturales, sino que incluso hemos conocido sociedades enteras —como los indígenas Kaluli de Papúa Nueva Guinea— cuya forma primordial de conocer el mundo y relacionarse con él es a través de sus oídos. Allí, claramente, aquello de tener ‘un punto de vista’ no tiene ningún sentido. Para estudiar este tipo de sensibilidades sonoras, el antropólogo Steven Feld ha acuñado el término ‘acustemología’. Pero lo que en principio parecía ser simplemente un modelo cultural exótico, resulta ser cada vez más la norma en la relación de otros seres humanos con su entorno, incluyendo, por ejemplo, incontables músicos de jazz alrededor del planeta.

De la misma forma en que las ondas sonoras suelen viajar sin mayores restricciones por el aire, los sound studies transgreden las fronteras convencionales de las disciplinas académicas, entre ellas la musicología. Aquello de la ‘acustemología’ podría incluso servir para caracterizar los sound studies en conjunto, en tanto se trata, en últimas, de preguntarnos ¿cómo podemos saber más del mundo a través del sonido? Pero a la vez que con esto podemos redescubrir Berlín o los estadios de fútbol, también nos encontramos con otras realidades mucho más tenebrosas, como las de las armas sonoras o la manipulación del comportamiento por medio del sonido. Sobre ello también ya hay investigaciones, pero no está de más andar con nuestros ojos —y nuestros oídos— bien abiertos.